16 de noviembre de 2014

Él

Abrir los ojos. Abrirlos despacio, aún adormilados. y verle. Está ahí, a mi lado. Aún duerme. Le observo respirar lentamente. Su pecho sube y baja simulando seguir un compás. Es curioso que algo tan sencillo, para mí sea la mejor imagen del mundo.
En ese momento es cuando me doy cuenta de lo evidente, de que ya no hay vuelta a atrás; que estoy enamorada. Sí, completamente. Él... él, con su preciosa sonrisa, con su forma de sacarme de quicio. Con sus tonterías y con sus rimas que me hablan de amor... Él, quien me alza hacia el cielo cada vez que creo rozar el suelo. Quien consigue que olvide mis enfados con sólo un beso...
¿Cómo explicarlo? Creo que... simplemente se ha convertido en la persona más importante de mi vida. Le ha dado sentido en este mundo de locos. Curó mi corazón, aquel que yo creía herido de muerte. Le sacudió el polvo y lo puso de nuevo en marcha, a su lado, donde ahora late fuerte y seguro.
Miro su gesto tranquilo, su rostro apoyado en la almohada a escasos centímetros del mío y sonrío. Sonrió porque no quisiera estar en ningún otro lugar. Ya que estoy segura de algo; él es mi futuro.
Se oye un murmullo y me rodea con su brazo. Atrayéndome hacia él muy despacio. Puede que suene cursi, o como quieran llamarlo pero... Sé que haría lo que fuera por él, cualquier cosa, cualquier locura o estupidez, pues mi único deseo hacerle feliz a mi lado.
Y es que gracias a él todo ha cambiado, todo. Y es que puso mi vida patas arriba aquel quince de julio... Pero, si queréis oír un secreto, os diré; nunca, nunca había estado mejor.

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12 de agosto de 2014

Le quiero

Suele decirse que la esperanza es lo último que se pierde. Por muy mal que vayan las cosas, siempre nos queda un resquicio, un atisbo de esperanza que nos da fuerza y nos empuja a seguir adelante.
Yo, en cambio, estuve esperando. Esperé... esperé... pero nunca llegó. Al final, desengaño tras desengaño, acabé pasando al siguiente nivel, olvidando aquel dicho y convirtiéndome en una incrédula. Por mucho que oía aquella frase que tantas veces me repetían "ya te llegará", ésta no tenía el mayor significado para mí.
Me había resignado. Terminé por rendirme, por conformarme con una vida, un futuro, sin la esperanza de encontrar a esa persona especial que tanto busqué y nunca había aparecido. Al menos, pensaba, nadie más podría defraudarme de nuevo. Sin embargo, el destino tenía reservada una sorpresa para mí.

Todo empezó una mañana cualquiera, con un mensaje. Ni siquiera podía creer lo que estaba leyendo. Era él. Me había buscado y, al encontrarme, a través de ése y muchos otros mensajes, me abrió su corazón. Se mostró ante mí sincero, sin ocultar nada, pero, al mismo tiempo, seguro de sí mismo, y seguro de lo que quería... a mí.
Día tras día avanzaba, paso a paso, sin que a penas yo me diera cuenta, pero con la potencia de una ola que impacta sobre las rocas, derribando cuantos muros yo ponía en su camino.
Él era diferente a todo cuanto yo había conocido; me escuchaba, comprendía mis miedos... Cada uno de los cuales se tambaleaba al oír sus palabras: "Tranquila, estoy aquí... no me voy a ir".
Para mi era extraño, pero podía sentir como reavivaba aquella llamita tímida de esperanza, que, aunque yo no lo supiera, seguía estando en mi corazón, aguardando para salir de nuevo a la luz.
Finalmente, él ganó, me dejé llevar, me rendí; no sólo ante sus palabras, sino también ante los hechos con los que cada día demostraba que me quería. Gracias a su apoyo liberé mis sentimientos y, conseguí algo que jamás creí que podría hacer: confiar. Ahora puedo decir bien alto que le quiero y que confío en él.

Y es que el destino es como un niño caprichoso que nos guía cual si fuéramos marionetas. Así que recuerda, nunca pierdas la esperanza, pues lo que buscas, puede estar tan sólo a la vuelta de la esquina...


15 de abril de 2014

Encuentro inesperado

Caminando por la calle. Mirando las fachadas de las casas antiguas del centro de la ciudad. Soñando, como siempre, imaginando aquella calle a principios del siglo XX al son de la música que retumba en mis oídos. De repente algo me hace mirar hacia el frente. No. No puede ser. ¡Mierda! No estoy preparada para esto... Saco el móvil, fingiendo hacer algo con los dedos sobre la pantalla y giro discretamente hacia la parte derecha de la calle, bajo los soportales. Espero que no me haya visto. Rezo por que no lo haya hecho.
Sigo andando hacia delante, sin valor para levantar la cabeza. Tras unos pocos pasos, unos pies se han detenido delante de mi.
- ¡Hola! ¿Qué, no me oías?- Es él. Sonriendo. Parece que se alegra de verme.
- ¡Oh! ¡Hola! No... estaba...- Le señalo el casco que me acabo de quitar de la oreja.
- ¿Qué tal estás? Hacía tiempo que no te veía. Te veo bien.

¿Qué se supone que debería responder a eso? "Muy bien ¿y tú?" 
Sí, esa sería una respuesta políticamente correcta y que además, conseguiría enmascarar todo lo que siento y que, por supuesto, no quiero que él sepa. Pero, ¿y después qué? Ya sé, él me contestará lo mismo, que está muy bien, que está feliz, y todo gracias a ella, claro. No os confundáis, no tengo nada en contra de esa chica. Bueno, en realidad sí. Lo que tengo es un nudo en la garganta. Ganas de llorar cada vez que pienso en él. Él, que está con ella. Él, que no está conmigo. Le echo tanto de menos que moriría feliz después de que él me diera un abrazo. Ni un beso. Un abrazo. Uno de esos abrazos con los que me rodeaba completamente, me apretaba contra su pecho, y podía oír su respiración sobre mi cabeza, tan calmada. Era sólo en aquellos momentos cuando me sentía feliz. Cuando sentía que él estaba ahí y que nada ni nadie podría hacerme sufrir nunca más. Nadie salvo él.
Sí, sé perfectamente que él no tuvo la culpa. Fui yo. Lo sé y no hay día que no me arrepienta, que no quiera dar marcha atrás y cambiar todo lo que pasó. ¿Por qué fui tan estúpida? ¿Por qué no vi que era él? ¿Por qué no vi que quien ocupaba mi cabeza entonces no era más que un barato impostor? Estaba tan ciega... Cuando quise darme cuenta ya era tarde. Ya no podía hacer nada. Cada vez que me decidía a hablarle, de mis sentimientos, de mi error, surgía algo que me apartaba más de su lado. Al poco tiempo me di cuenta de lo inútil que resultaban todos mis esfuerzos, y desistí. En parte por eso, en parte porque no deseaba oír de su boca aquel sonoro "no" que siempre aparecía en mi mente al imaginar la escena, tan ridícula.
Puede que haya sido una cobarde, es más, sé que lo he sido. Pero no podía. No soportaba aquellas conversaciones entre amigos oyendo lo contento que estaba, las ganas que tenía de volverla a ver. Ella, a la que había conocido por casualidad hacía apenas unas semanas. 
Y yo, la que nunca creyó en las casualidades, mostraba lo mejor que podía una falsa sonrisa al ver la foto de aquella chica. Ni siquiera sé como pude aguantar esas charlas sobre ella. Contestando a las preguntas que él me hacía sobre cómo debía actuar con ella, dándole consejos... Ahora que lo pienso, esto suena más masoquista de lo que yo creía. Definitivamente estoy mal de la cabeza.

-Muy bien, ¿y tú?- Lo sé, lo sé, pero era la única salida posible.
- ¿Yo? Genial. Mañana viene mi novia, así que deseando que pasen las horas. - En un momento sentí cómo algo se desgarraba dentro de mí, dejándome casi sin respiración.- Si quieres quedamos mañana un rato y te la presento.
- No.- No, no, no, piensa algo rápido, piensa algo rápido...- Se acercan los exámenes y tengo que estudiar como una loca. Me paso los días en la biblioteca.- ¡Uf! Bien.
- Bueno, no pasa nada, otra vez será.- dijo subiendo los hombros con un leve gesto de resignación.
- Sí, claro... Me alegro de que te vaya bien con ella.- Mentira. Es la mentira más gorda que he dicho en mi vida. Lo único que quiero es que ella no exista, o que nunca la hayas conocido, y, que, no sé, por arte de magia supieras todo lo que siento. Que me cogieras de la mano y me besaras suavemente. Allí, en medio de la calle. Pero eso es imposible. Suerte que sé mentir bien...

De nuevo me encontré sola. Ya se había ido. Me puse el casco y seguí mi camino como pude. Empezó a sonar «Tourner la page» Sí, muy oportuna la cancioncita... ¡No es tan fácil!
Tras aquel breve encuentro lo supe. Seguías siendo el centro de mis pensamientos, y me iba a costar más de lo que creía. Me iba a costar olvidarte.



3 de enero de 2014

Por fin

Ha sido difícil volver a escribir después de ti. Siempre me pasaba lo mismo; me quedaba quieta, plantada delante del ordenador mirando una página en blanco. El puntero, desafiante, parpadeaba constantemente recordándome su presencia. Pero ¿Cómo escribir? ¿Qué escribir? ¿Debía expresar mis sentimientos, el dolor que sentía en mi pecho, ese nudo en la garganta que no me dejaba hablar, ni pensar, y que además entumecía mis dedos? No. No podía. Era demasiado. Demasiadas emociones, demasiados sentimientos.
Todo se había desvanecido ante mis ojos. Como en una riada tu orgullo y tu prepotencia habían devastado mi alma dejando una ribera desolada, cubierta de barro y llena de ramas partidas. Al igual que mi esperanza. Siempre pensé que era una mujer fuerte, que podía controlar mis sentimientos y superar todos los obstáculos por los dos. Es evidente que estaba equivocada.
Creía que los errores se veían venir poco a poco, pero, ¡Que va! Los errores se te estampan en la cara como la rama de un árbol cuando alguien camina delante de ti en el bosque. Y así, de repente, el valeroso príncipe se convirtió en una sucia y egoísta rana.
En fin, tras varios meses de desesperación, de intranquilidad, de miedo a volver a caer en tu trampa, lo he conseguido. He superado la tentación, aquella antes tan atractiva y ahora tan ridícula y necia.
He de confesar que hubo un momento en el que temí, temí volver a pasar por lo mismo. Volver a ilusionarme, volver a confiar, a amar a alguien hasta el punto de convertir en invisibles sus defectos y anteponer sus necesidades a las mías propias.
Pero, una vez todo hubo pasado, recordé algo, algo que un lejano día en el tiempo escribió un poeta inglés;
Es mejor haber amado y haber perdido, que jamás haber amado
Y la verdad, puede que suene estúpido pero me hizo ver que, al fin y al cabo, siempre nos guardamos en la memoria los buenos momentos vividos. Porque a pesar de todo, yo te quise y fui feliz mientras lo hacía.


15 de septiembre de 2013

Devaneos

Busco, pero no encuentro. Creo que ni siquiera sé lo que busco.
Me hablan, oigo, pero no escucho. Últimamente nadie me dice nada interesante.
Bebo, puede que para olvidar, para salir de este entorno deshabitado que me rodea. Bebo, pero el alcohol ya no afecta a mis neuronas.
Miro paginas en blanco, sin tocar un mísero bolígrafo; la inspiración también se ha ido.
Duermo, duermo pero nunca es suficiente. En realidad pienso que duermo porque es la única forma que tengo de salir de mi cuerpo, de volar lejos. Y eso es como una droga para mí. La única que me queda.
Pasan los días y todo sigue igual, nada tiene sentido, nada me importa. Vivo rodeada de gente, pero, en cambio, me siento sola, abandonada. He dado todo de mi y ahora estoy vacía. No tengo ganas de seguir adelante. Quisiera desaparecer, dejar de existir.
Me asusta ver cómo he cambiado de un día para otro. Me he convertido en un fantasma. Una sombra de lo que siempre fui. Finjo estar bien, o, al menos eso es lo que respondo cada vez que me preguntan "¿Cómo estás?" Bien, gracias parece ser la respuesta universal. Acompañada de una fingida y triste sonrisa, por supuesto. No quiero que nadie sepa lo que pienso en realidad. O puede que sí; puede que esté esperando a esa persona que sepa leer más profundamente en mis ojos y vea que no, no estoy bien. Que me de la mano y me ayude a pisar tierra firme, que me aparte de este abismo tan magnético al que vivo constantemente atada. Vacilando en si dejarme llevar o permanecer allí, inerte.
A ese alguien, si existes; por favor, rescátame.

13 de agosto de 2013

Nadie

Todo empezó mal. Me dejé llevar sin tener en cuenta las consecuencias. Debí saber que algo que empieza mal es imposible que tenga un final feliz.
Creaste un muro entre nosotros, una barrera infranqueable que nos impidió ser nosotros mismos, o al menos, yo misma. Pensé que podría vivir así, entregándome a ti sabiendo que nunca serías completamente mío. Pensé que algún día te darías cuenta, que abrirías los ojos y verías la realidad.
Pero no fue así.
Me hiciste creer que éramos libres cuando en realidad sabías que yo era tuya. Lo sabías y te aprovechaste de ello. Me convertiste en una posesión, algo que te pertenecía, creíste que siempre estaría bajo tu hechizo.
Sé que la culpa es mía. Yo fui la que quiso creerte, la que soñaba con un imposible. Quiero que sepas que fallaste, has perdido. Me has hecho daño, sí, pero también me has hecho más fuerte. Ahora lo sé; soy más fuerte que tú, mucho más. Y te prometo que nadie, absolutamente nadie, volverá a tratarme como tú lo has hecho.

14 de abril de 2013

Soledad, te subestimé.

No sé por qué pero siempre supe que llegarías. Sabía que estabas ligada a nuestro destino, que todo, llegado el momento, terminaría.
En ocasiones, llegué incluso a vislumbrarte a través de mi imaginación. Sí, me veía a mí, sola, pero al mismo tiempo tranquila. Todas las preocupaciones, las noches de palpitantes silencios, los gritos ahogados en mi garganta, las medias verdades, la desconfianza, todo eso había desaparecido. No caí en la cuenta de que él también desaparecería.
En ese momento no sabía lo que significaba estar sola. No volver a sentir esa sensación de sosiego cuando él llega por la puerta, no sentirme protegida entre sus brazos, guarecida contra cualquier peligro que me amenazara, contra el mundo entero. No, ya no puedo perderme en uno de sus besos y fingir que todo esta bien.
Quizá deba esperar algún tiempo, acostumbrarme a dormir sola, a no buscar su respiración en mi almohada. Soy como un náufrago, estoy exiliada, perdida, me han arrancado de mi fuerte. Estoy atrapada, rodeada de un mar vacío y sin vida. Pero, quién sabe, puede que dentro de un tiempo aprenda a vivir así, sintiéndome la única habitante de un planeta tan arrasado como mi corazón.
Ahora es cuando me doy cuenta de lo que hice; te subestimé, soledad.


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