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3 de enero de 2014

Por fin

Ha sido difícil volver a escribir después de ti. Siempre me pasaba lo mismo; me quedaba quieta, plantada delante del ordenador mirando una página en blanco. El puntero, desafiante, parpadeaba constantemente recordándome su presencia. Pero ¿Cómo escribir? ¿Qué escribir? ¿Debía expresar mis sentimientos, el dolor que sentía en mi pecho, ese nudo en la garganta que no me dejaba hablar, ni pensar, y que además entumecía mis dedos? No. No podía. Era demasiado. Demasiadas emociones, demasiados sentimientos.
Todo se había desvanecido ante mis ojos. Como en una riada tu orgullo y tu prepotencia habían devastado mi alma dejando una ribera desolada, cubierta de barro y llena de ramas partidas. Al igual que mi esperanza. Siempre pensé que era una mujer fuerte, que podía controlar mis sentimientos y superar todos los obstáculos por los dos. Es evidente que estaba equivocada.
Creía que los errores se veían venir poco a poco, pero, ¡Que va! Los errores se te estampan en la cara como la rama de un árbol cuando alguien camina delante de ti en el bosque. Y así, de repente, el valeroso príncipe se convirtió en una sucia y egoísta rana.
En fin, tras varios meses de desesperación, de intranquilidad, de miedo a volver a caer en tu trampa, lo he conseguido. He superado la tentación, aquella antes tan atractiva y ahora tan ridícula y necia.
He de confesar que hubo un momento en el que temí, temí volver a pasar por lo mismo. Volver a ilusionarme, volver a confiar, a amar a alguien hasta el punto de convertir en invisibles sus defectos y anteponer sus necesidades a las mías propias.
Pero, una vez todo hubo pasado, recordé algo, algo que un lejano día en el tiempo escribió un poeta inglés;
Es mejor haber amado y haber perdido, que jamás haber amado
Y la verdad, puede que suene estúpido pero me hizo ver que, al fin y al cabo, siempre nos guardamos en la memoria los buenos momentos vividos. Porque a pesar de todo, yo te quise y fui feliz mientras lo hacía.


14 de abril de 2013

Soledad, te subestimé.

No sé por qué pero siempre supe que llegarías. Sabía que estabas ligada a nuestro destino, que todo, llegado el momento, terminaría.
En ocasiones, llegué incluso a vislumbrarte a través de mi imaginación. Sí, me veía a mí, sola, pero al mismo tiempo tranquila. Todas las preocupaciones, las noches de palpitantes silencios, los gritos ahogados en mi garganta, las medias verdades, la desconfianza, todo eso había desaparecido. No caí en la cuenta de que él también desaparecería.
En ese momento no sabía lo que significaba estar sola. No volver a sentir esa sensación de sosiego cuando él llega por la puerta, no sentirme protegida entre sus brazos, guarecida contra cualquier peligro que me amenazara, contra el mundo entero. No, ya no puedo perderme en uno de sus besos y fingir que todo esta bien.
Quizá deba esperar algún tiempo, acostumbrarme a dormir sola, a no buscar su respiración en mi almohada. Soy como un náufrago, estoy exiliada, perdida, me han arrancado de mi fuerte. Estoy atrapada, rodeada de un mar vacío y sin vida. Pero, quién sabe, puede que dentro de un tiempo aprenda a vivir así, sintiéndome la única habitante de un planeta tan arrasado como mi corazón.
Ahora es cuando me doy cuenta de lo que hice; te subestimé, soledad.


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