Todo empezó mal. Me dejé llevar sin tener en cuenta las consecuencias. Debí saber que algo que empieza mal es imposible que tenga un final feliz.
Creaste un muro entre nosotros, una barrera infranqueable que nos impidió ser nosotros mismos, o al menos, yo misma. Pensé que podría vivir así, entregándome a ti sabiendo que nunca serías completamente mío. Pensé que algún día te darías cuenta, que abrirías los ojos y verías la realidad.
Pero no fue así.
Me hiciste creer que éramos libres cuando en realidad sabías que yo era tuya. Lo sabías y te aprovechaste de ello. Me convertiste en una posesión, algo que te pertenecía, creíste que siempre estaría bajo tu hechizo.
Sé que la culpa es mía. Yo fui la que quiso creerte, la que soñaba con un imposible. Quiero que sepas que fallaste, has perdido. Me has hecho daño, sí, pero también me has hecho más fuerte. Ahora lo sé; soy más fuerte que tú, mucho más. Y te prometo que nadie, absolutamente nadie, volverá a tratarme como tú lo has hecho.
13 de agosto de 2013
14 de abril de 2013
Soledad, te subestimé.
No sé por qué pero siempre supe que llegarías. Sabía que estabas ligada a nuestro destino, que todo, llegado el momento, terminaría.
En ocasiones, llegué incluso a vislumbrarte a través de mi imaginación. Sí, me veía a mí, sola, pero al mismo tiempo tranquila. Todas las preocupaciones, las noches de palpitantes silencios, los gritos ahogados en mi garganta, las medias verdades, la desconfianza, todo eso había desaparecido. No caí en la cuenta de que él también desaparecería.
En ese momento no sabía lo que significaba estar sola. No volver a sentir esa sensación de sosiego cuando él llega por la puerta, no sentirme protegida entre sus brazos, guarecida contra cualquier peligro que me amenazara, contra el mundo entero. No, ya no puedo perderme en uno de sus besos y fingir que todo esta bien.
Quizá deba esperar algún tiempo, acostumbrarme a dormir sola, a no buscar su respiración en mi almohada. Soy como un náufrago, estoy exiliada, perdida, me han arrancado de mi fuerte. Estoy atrapada, rodeada de un mar vacío y sin vida. Pero, quién sabe, puede que dentro de un tiempo aprenda a vivir así, sintiéndome la única habitante de un planeta tan arrasado como mi corazón.
Ahora es cuando me doy cuenta de lo que hice; te subestimé, soledad.
En ocasiones, llegué incluso a vislumbrarte a través de mi imaginación. Sí, me veía a mí, sola, pero al mismo tiempo tranquila. Todas las preocupaciones, las noches de palpitantes silencios, los gritos ahogados en mi garganta, las medias verdades, la desconfianza, todo eso había desaparecido. No caí en la cuenta de que él también desaparecería.
En ese momento no sabía lo que significaba estar sola. No volver a sentir esa sensación de sosiego cuando él llega por la puerta, no sentirme protegida entre sus brazos, guarecida contra cualquier peligro que me amenazara, contra el mundo entero. No, ya no puedo perderme en uno de sus besos y fingir que todo esta bien.
Quizá deba esperar algún tiempo, acostumbrarme a dormir sola, a no buscar su respiración en mi almohada. Soy como un náufrago, estoy exiliada, perdida, me han arrancado de mi fuerte. Estoy atrapada, rodeada de un mar vacío y sin vida. Pero, quién sabe, puede que dentro de un tiempo aprenda a vivir así, sintiéndome la única habitante de un planeta tan arrasado como mi corazón.
Ahora es cuando me doy cuenta de lo que hice; te subestimé, soledad.
21 de octubre de 2012
Me llevas contigo.
Quiero contarte algo; todo lo que ocurre a nuestro alrededor, ocurre muy rápido, mucho más de lo que imaginamos. Nos acecha antes de que tengamos conciencia de ello y nos envuelve lentamente hasta que quedamos rodeados, sin que podamos hacer nada para evitarlo. Para cuando quieres darte cuenta ya te ha cazado, despiertas y te ves sumergido en nuevas historias, nuevos problemas, nuevas cosas... La vida es como montarse en una gran noria que nunca frena.
Es muy probable que ni siquiera sepas de qué estoy hablando. Estoy hablando de ti. Estoy hablando de mi. Sé que no te has parado a pensar en ello, tú no eres de esos. Pero estoy segura de que lo sientes.
Puede que al principio de un poco de miedo, eso es algo que siempre nace ante lo desconocido, pero tranquilo, yo estoy contigo. Te habrás dado cuenta de que todo ha cambiado, ya no somos los mismos. ¿Por qué? La respuesta es simple. Llega un momento en que sientes algo tan fuerte que desapareces. Ya no eres tú, ya no soy yo. Ninguno de nosotros pertenece ya a sí mismo. Ahora yo no estoy dentro de mi, ahora dependo de ti. He comprendido que dentro de mi ya no hay espacio, todo lo llenas tú, porque estoy atada a ti, porque tú, tú eres mi destino. Tú eres mi vida.
Es muy probable que ni siquiera sepas de qué estoy hablando. Estoy hablando de ti. Estoy hablando de mi. Sé que no te has parado a pensar en ello, tú no eres de esos. Pero estoy segura de que lo sientes.
Puede que al principio de un poco de miedo, eso es algo que siempre nace ante lo desconocido, pero tranquilo, yo estoy contigo. Te habrás dado cuenta de que todo ha cambiado, ya no somos los mismos. ¿Por qué? La respuesta es simple. Llega un momento en que sientes algo tan fuerte que desapareces. Ya no eres tú, ya no soy yo. Ninguno de nosotros pertenece ya a sí mismo. Ahora yo no estoy dentro de mi, ahora dependo de ti. He comprendido que dentro de mi ya no hay espacio, todo lo llenas tú, porque estoy atada a ti, porque tú, tú eres mi destino. Tú eres mi vida.
23 de marzo de 2012
19
Un día de marzo. Agradable y casi veraniego día de marzo. Acabo de cumplir diecinueve años hace apenas una semana, sí, casi llego a la veintena. No es que no me guste la idea pero, no sé, se me hace raro saber que todo continúa, que sigue su curso. Sigo madurando, descubriéndome a mí misma, pero, me siento pequeña al mismo tiempo, tan pequeña como una mota de polvo en un estadio para dos mil personas, tanto como una pequeña piedra en el cauce de un río, o como un vago recuerdo en la memoria que pronto olvidaré. Siento que no sé nada; no sé qué haré en el futuro, sigo sin saber escribir con la mano izquierda, sin saber porqué nunca tuve telequinesia, sin saber cómo, qué debo hacer para cumplir mis sueños, sin saber hacer la "O" con un canuto, sin ser capaz de tocar una burbuja sin romperla...y, sobre todas las cosas, sin saber lo que es amar siendo correspondido.
Habré visto cientos, miles de películas de amor, series, he leído libros, muchísimos libros, he escuchado canciones, he visto parejas besarse, abrazarse, quererse, amarse. Pero aún así, aún sabiendo cómo funciona, qué es lo que se hace, no he tenido la oportunidad, no he podido vivir esa experiencia hasta el momento. No he estado horas al teléfono hablando con esa persona a la que he visto hace escasa media hora, no me ha abrazado esa persona especial, ni me ha dicho lo guapa que estoy un sábado después de pasar cinco horas en el espejo, no me han cogido de la mano suavemente por la calle, no me han agarrado de la cintura y me han besado apasionadamente, y, lo más importante, nunca me han dicho bajito al oído "Te quiero".
Habré visto cientos, miles de películas de amor, series, he leído libros, muchísimos libros, he escuchado canciones, he visto parejas besarse, abrazarse, quererse, amarse. Pero aún así, aún sabiendo cómo funciona, qué es lo que se hace, no he tenido la oportunidad, no he podido vivir esa experiencia hasta el momento. No he estado horas al teléfono hablando con esa persona a la que he visto hace escasa media hora, no me ha abrazado esa persona especial, ni me ha dicho lo guapa que estoy un sábado después de pasar cinco horas en el espejo, no me han cogido de la mano suavemente por la calle, no me han agarrado de la cintura y me han besado apasionadamente, y, lo más importante, nunca me han dicho bajito al oído "Te quiero".
10 de noviembre de 2011
Capítulo cuatro
Siento que un ligero nerviosismo se apodera de mi rápidamente. Y es que, mírate Julia, con tu ropa favorita, maquillada como una puerta y sentada en una mesa de un bonito café retro del centro. Pero, más nerviosa que nunca, más frágil que una pluma a la que sólo le hace falta un tenue soplo de viento para salir volando precipitadamente.
Está bien, Julia, vamos a distraernos un poco. Me fijo en la mesa de en frente; dos mujeres, de una edad cercana a los cuarenta, hablan y toman un café tranquilas mientras sus hijas se divierten jugando a ser mamás.
Son las seis, ya llega tarde, pues bien empezamos...
Dirijo mis ojos hacia la derecha. Un señor mayor, de apariencia agradable, pero que posee una gran tristeza en sus ojos, está solo en una mesa, y junto a él, una silla vacía. Se entretiene mareando la cuchara en su chocolate, que hace tiempo dejó de estar caliente. No puedo evitar desear que alguien ocupe esa silla vacía.
Miro el reloj. Sigue sin aparecer, ¡llega siete minutos tarde! No sé como continúo todavía aquí sentada. Siento unas ganas horribles de salir corriendo.
Aparece el camarero, un chico joven bastante atractivo el cual me pregunta amablemente si deseo pedir algo.
- No- respondo rápidamente. Estoy esperando a alguien.
El camarero se retira y se dirige de nuevo detrás de la barra.
Me doy la vuelta para ver si viene por el otro lado. Nada. La calle se va cubriendo lentamente con un manto oscuro. Puedo ver el vapor saliente de las bocas de los transeúntes. El invierno ya está aquí.
Vuelvo a mi posición anterior con cierta desgana. Un momento, ¿Desde cuando hay una rosa en mi mesa? Una preciosa y delicada rosa roja. En ese mismo momento, alguien me tapa los ojos.
- ¡Sorpresa! ¿Te gustan las rosas, verdad?- Ya ha llegado Alberto, él y una enorme sonrisa que le acompaña. No puedo negar que es encantador.
- Sí, claro, ¿a qué chica no le gustan las rosas?- digo mientras acerco la rosa a mi nariz.- Huele muy bien.
- Espero que no te haya molestado que llegara un poco tarde pero me he detenido un momento comprándola. Lo siento.
- No te preocupes, está todo bien.
Vuelve el camarero con una gran bandeja.
-¿Desean pedir ya los señores?- pregunta.
¿Señores? ¿Qué edad cree que tengo? Es igual.
- Sí, una cerveza y...- me mira esperando una respuesta.
- Un descafeinado de cafetera, gracias- contesto con una fingida sonrisa hacia el camarero.
Y después de un minuto y medio aproximadamente de miradas bajo un silencio sepulcral, Alberto comienza una, sin duda, larga conversación. Me habla de sus gustos y aficiones. Entre ellas el cine y la lectura, y sobre todo viajar por Europa, sí, ya lo sé Julia es idéntico a ti. También me habla de su familia- ahora sé que tiene una hermana pequeña, Valentina, y que vive con sus padres-. Ambos hablamos animadamente. La verdad es que me siento a gusto, tranquila, segura. me alegra haber quedado con él.
Es hermoso, ojos color miel, cabello oscuro y ensortijado, pero, lo que más me gusta de él es que no deja de sonreír, y... yo tampoco. Me roza la mano, instintivamente miro de nuevo el reloj. Las nueve. ¿Las nueve? ¡No! me tengo que ir.
Está bien, Julia, vamos a distraernos un poco. Me fijo en la mesa de en frente; dos mujeres, de una edad cercana a los cuarenta, hablan y toman un café tranquilas mientras sus hijas se divierten jugando a ser mamás.
Son las seis, ya llega tarde, pues bien empezamos...
Dirijo mis ojos hacia la derecha. Un señor mayor, de apariencia agradable, pero que posee una gran tristeza en sus ojos, está solo en una mesa, y junto a él, una silla vacía. Se entretiene mareando la cuchara en su chocolate, que hace tiempo dejó de estar caliente. No puedo evitar desear que alguien ocupe esa silla vacía.
Miro el reloj. Sigue sin aparecer, ¡llega siete minutos tarde! No sé como continúo todavía aquí sentada. Siento unas ganas horribles de salir corriendo.
Aparece el camarero, un chico joven bastante atractivo el cual me pregunta amablemente si deseo pedir algo.
- No- respondo rápidamente. Estoy esperando a alguien.
El camarero se retira y se dirige de nuevo detrás de la barra.
Me doy la vuelta para ver si viene por el otro lado. Nada. La calle se va cubriendo lentamente con un manto oscuro. Puedo ver el vapor saliente de las bocas de los transeúntes. El invierno ya está aquí.
Vuelvo a mi posición anterior con cierta desgana. Un momento, ¿Desde cuando hay una rosa en mi mesa? Una preciosa y delicada rosa roja. En ese mismo momento, alguien me tapa los ojos.
- ¡Sorpresa! ¿Te gustan las rosas, verdad?- Ya ha llegado Alberto, él y una enorme sonrisa que le acompaña. No puedo negar que es encantador.
- Sí, claro, ¿a qué chica no le gustan las rosas?- digo mientras acerco la rosa a mi nariz.- Huele muy bien.
- Espero que no te haya molestado que llegara un poco tarde pero me he detenido un momento comprándola. Lo siento.
- No te preocupes, está todo bien.
Vuelve el camarero con una gran bandeja.
-¿Desean pedir ya los señores?- pregunta.
¿Señores? ¿Qué edad cree que tengo? Es igual.
- Sí, una cerveza y...- me mira esperando una respuesta.
- Un descafeinado de cafetera, gracias- contesto con una fingida sonrisa hacia el camarero.
Y después de un minuto y medio aproximadamente de miradas bajo un silencio sepulcral, Alberto comienza una, sin duda, larga conversación. Me habla de sus gustos y aficiones. Entre ellas el cine y la lectura, y sobre todo viajar por Europa, sí, ya lo sé Julia es idéntico a ti. También me habla de su familia- ahora sé que tiene una hermana pequeña, Valentina, y que vive con sus padres-. Ambos hablamos animadamente. La verdad es que me siento a gusto, tranquila, segura. me alegra haber quedado con él.
Es hermoso, ojos color miel, cabello oscuro y ensortijado, pero, lo que más me gusta de él es que no deja de sonreír, y... yo tampoco. Me roza la mano, instintivamente miro de nuevo el reloj. Las nueve. ¿Las nueve? ¡No! me tengo que ir.
29 de octubre de 2011
At first glance
He de decir que nunca creí en los amores a primera vista, siempre pensé que era algo inventado que servía a cantantes y poetas para rellenar sus obras. Para crear películas que hagan volar la imaginación de toda chica que esté deseando enamorarse. Pero, aquella tarde, una tarde corriente y aburrida como muchas otras, apareciste en mi vida, imponente, como una ráfaga de aire fresco que eliminó por completo todo mi pesar. De repente, como surgido de la nada, como si siempre hubieras estado ahí. Y sin más, pusiste mi mundo patas arriba con sólo una sonrisa. Con ese aire despreocupado que me invitaba a empezar a soñar. Contigo, con esos rizos color azabache, con tus manos acariciandome. Fue algo que surgió sin apenas darme cuenta, tan solo en un segundo, a primera vista. ¿Quién lo hubiera dicho? Quién hubiera siquiera imaginado que aquello podría ocurrir, que en un instante me conquistaras, que me hechizaras con tus ojos marrones, que el travieso de cupido me lanzara una flecha que día a día avanza, se abre camino dentro de mi, que me inunda como una avalancha de sentimientos, que llena cada recobeco de mi ser y que me susurra al oído que todo puede cambiar, como ha cambiado mi vida desde ese ínfimo segundo en que te conocí.
21 de junio de 2011
Capitulo tres
A las doce de la noche, las tres chicas se encontraban ya en el campus universitario. Como todavía no habían acabado el bachiller y sus visitas a la facultad habían sido escasas, se encontraban un poco desorientadas. Así que Lucía, dando muestra de su habitual desparpajo y falta de vergüenza, se dirigió hacia la primera barra que vió y pidió tres cubatas de algo que le aconsejó un simpático camarero, con el que parecía haber entablado una conversación muy interesante. Por lo que Alba y Julia, viendo la poca intención de Lucía de separarse del camarero, decidieron ir a echar un vistazo. En menos de cinco minutos habian aparecido de la nada dos chicos, según dijeron, amigos del primo de Alba. Uno de ellos, Rodrigo, parecía estar muy interesado en Alba, cosa que a ella le pareció adorable, así que Julia terminó hablando con el otro, un tal Alberto. Era muy divertido y agradable, pero ella no se encontraba bien allí. Al final, Julia llegó a la conclusión de que tenía que escaquearse e irse con cualquier escusa tonta.
- Perdona, voy un momento al baño ¿eh?
- Vale, te espero.
Julia se extrañó de lo facil que habia sido. Una vez liberada, decidió ir a un lugar tranquilo. Se fue alejando hacia unos árboles donde no parecía haber nadie. Se sentó en el suelo, posó el cubata en la hierba y se quedó absorta mirando al cielo. De vez en cuando se levantaba una fresca brisa, no se oía nada lo que la tranquilizó. Un montón de mosquitos rondaban la luz de la única farola que había por allí. Se preguntó si no habría sido mejor quedarse en casa aquella noche. De repente volvieron a su mente imagenes de la última vez que vio a Sergio. El pulso se le aceleró, no podía respirar, se levantó apoyandose a un árbol. No podía seguir así.
En ese momento oyó a alguien detrás:
- Ah, estás aquí... Imagino que te has ido por mi- Era Alberto. Julia sintió un alivio momentaneo ya que no era Sergio, pero, a la vez, se sintió culpable por Alberto. Él siguió hablando.
- No debería haber venido. ¿Qué me creía? Idiota, soy un idiota.
Julia sintió que debía intervenir.
- No digas eso, tú no tienes la culpa. La culpa es mía, estoy mal porque... porque acabo de salir de una relación muy complicada - no podía creer que esas palabras hubieran salido de su boca.
El problema soy yo. Verás, es que hoy no me encuentro con ánimos para ya sabes... necesito algo de tiempo. Tú pareces un chico genial, de verdad, y me encantaría conocerte, pero, hoy no es un buen día.
- Pues hazlo otro día. ¿Qué tal la semana que viene? Esto sí que no se lo podía creer, era ella ¿o ese chico le estaba pidiendo salir? Entonces se vino arriba. Quizá Lucía llevaba razón, quizás debía darse una nueva oportunidad. Además hasta ahora no se había fijado pero el tal Alberto no estaba nada mal, tenia unos ojos verdes preciosos y sus manos también le gustaban, no sabía por qué pero siempre se fijaba en las manos de los chicos.
- Bueno, creo que podría hacerlo- dijo mientras esbozaba una gran sonrisa para sus adentros.
- Genial, dime tu número y te llamo.
- Perdona, voy un momento al baño ¿eh?
- Vale, te espero.
Julia se extrañó de lo facil que habia sido. Una vez liberada, decidió ir a un lugar tranquilo. Se fue alejando hacia unos árboles donde no parecía haber nadie. Se sentó en el suelo, posó el cubata en la hierba y se quedó absorta mirando al cielo. De vez en cuando se levantaba una fresca brisa, no se oía nada lo que la tranquilizó. Un montón de mosquitos rondaban la luz de la única farola que había por allí. Se preguntó si no habría sido mejor quedarse en casa aquella noche. De repente volvieron a su mente imagenes de la última vez que vio a Sergio. El pulso se le aceleró, no podía respirar, se levantó apoyandose a un árbol. No podía seguir así.
En ese momento oyó a alguien detrás:
- Ah, estás aquí... Imagino que te has ido por mi- Era Alberto. Julia sintió un alivio momentaneo ya que no era Sergio, pero, a la vez, se sintió culpable por Alberto. Él siguió hablando.
- No debería haber venido. ¿Qué me creía? Idiota, soy un idiota.
Julia sintió que debía intervenir.
- No digas eso, tú no tienes la culpa. La culpa es mía, estoy mal porque... porque acabo de salir de una relación muy complicada - no podía creer que esas palabras hubieran salido de su boca.
El problema soy yo. Verás, es que hoy no me encuentro con ánimos para ya sabes... necesito algo de tiempo. Tú pareces un chico genial, de verdad, y me encantaría conocerte, pero, hoy no es un buen día.
- Pues hazlo otro día. ¿Qué tal la semana que viene? Esto sí que no se lo podía creer, era ella ¿o ese chico le estaba pidiendo salir? Entonces se vino arriba. Quizá Lucía llevaba razón, quizás debía darse una nueva oportunidad. Además hasta ahora no se había fijado pero el tal Alberto no estaba nada mal, tenia unos ojos verdes preciosos y sus manos también le gustaban, no sabía por qué pero siempre se fijaba en las manos de los chicos.
- Bueno, creo que podría hacerlo- dijo mientras esbozaba una gran sonrisa para sus adentros.
- Genial, dime tu número y te llamo.
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